Los cambios son algo constante en la vida; están en todas partes. Desde cambiar de universidad hasta cambiar de trabajo, desde cambiar de bolígrafo hasta cambiar de auto. El cambio es inminente y latente en todas nuestras realidades. Se han preguntado, entonces, ¿qué hace que un cambio nos guste o no nos guste?




Drásticamente negativo o extraordinariamente positivo

Siempre he pensado que un cambio drástico puede tener un efecto dramáticamente negativo o extraordinariamente positivo; a veces, casi, como tirar una moneda al aire. En ocasiones, si nos gusta analizarlo de esta forma, casi como ir a una gran velocidad y frenar brúscamente.

¿A qué se debe esto?

Atribuyo este hecho a varios factores, entre ellos: la frecuencia con la que usamos lo que está cambiando, la comodidad que sentimos al usarlo y lo rápido que podemos desenvolvernos usándolo cuando estemos en contacto con este algo cambiante. Pongamos de ejemplo a Facebook, la red social más utilizada alrededor del mundo en la que sabemos como rápida y cómodamente subir fotos, escribir en el muro de otra persona, etiquetar a amigos y muchas cosas más.

Históricamente, Facebook ha aprendido a no cambiar bruscamente

¿Qué pasa cuando Facebook cambiaba de golpe? Miles de grupos se alzaban diciendo que sería el fin de Facebook por la forma tan drástica en la que habían cambiado su página principal o la forma en la que los perfiles se habían renovado. Habían cambiado la refrigeradora de lugar, aún estando en la cocina, y las personas no sabían dónde encontrar la lata de coca-cola que siempre suelen poner al fondo a la derecha en la segunda repisa (para que nadie se la tome). La molestia se puede ejemplificar con la idea de que el auto iba a una gran velocidad cuando frenó de golpe. 

Admitámoslo. En un futuro cercano la gente no va a dejar de usar Facebook, precisamente porque el gigante de las redes sociales ha aprendido la clave del éxito: cambiar constantemente, de forma incremental y complementaria… pero despacio. Es decir, si estás en “A” y quieres llegar a la “Z”, debes ir pasando por la “B”, “C”, “D” y así sucesivamente hasta que el cambio sea prácticamente imperceptible al ojo del usuario final.

“¿Así era Facebook hace algunos años?”, “¡No me di cuenta cuándo cambió el sistema de comentarios!”, “¿Antes los Shares se hacían así?” —dirán los usuarios cuando vean versiones anteriores del sistema.

Cambios incrementales y paulatinos

Un cambio debe ser fácilmente manejable, reversibleanalizable, entendiéndose que cada una de estas características está amarrada entre sí; por ejemplo, un cambio será reversible si puede manejarse y el análisis de su impacto indica que los resultados de su implementación son negativos sobre la audiencia a la que fue dirigido.

¿Se percataron?

Facebook recientemente actualizó su aplicación móvil y el cambio (iconos, visualización del sistema de comentarios, perfiles y otros) prácticamente pasó desapercibido. Las funcionalidades siguen estando ahí, en el mismo lugar donde las encontramos, y eso es importante; sin embargo, darle relevancia a los elementos gráficos, mostrar primero los comentarios de personas conocidas y ofrecer una interfaz más limpia para facilitar la lectura, son cosas pequeñas que logran grandes cambios; cosas que a pesar de parecer modificaciones insignificantes, están alineadas con lo que el usuario final espera de una mejora.

A la larga, sin darnos cuenta, un grupo abundante de cambios transforma un sistema de la versión 1.0 a la versión 2.0. El secreto, ha aprendido Facebook, es no tirar todos los fuegos artificiales de una sola vez, sino aprender a esperar el momento indicado.

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